Sara Rodríguez Díaz; enfermera de mil batallas

Aldea de Thanh Hoa, Viet-Nam - Sara y Dr. Maninidra Rodríguez García, el más joven cirujano de la brigada, junto a dos niños vietnamitasAunque no pudo cumplir el sueño de estudiar Medicina, el azar la condujo al desempeño de una profesión que, mucho después de comenzar a ejercerla, sigue siendo centro de su vida.

A sus 88 años de edad, Sara Rodríguez Díaz es pura energía. La viva estampa de la enfermera que todos deseamos tener al lado cuando la ocasión lo precisa. Una mujer enamorada de su trabajo, al punto de no anteponer nada a su deber profesional, como ocurrió en 1972 cuando incluso decidió dejar a sus dos pequeños al cuidado de los abuelos maternos para socorrer al pueblo de Vietnam, en plena guerra.

En la sala de su apartamento, en el Vedado habanero, transcurre el diálogo del equipo de BOHEMIA con la octogenaria, convaleciente de una fractura de cadera que la apartó momentáneamente de su labor como profesora consultante de la Facultad de Ciencias Médicas Miguel Enríquez.

“En cuanto me ponga bien, vuelvo al trabajo”, dice resuelta, mientras se sienta en el sofá y acomoda unos cojines en su espalda para emprender un largo viaje en el tiempo. Sus primeros recuerdos traen de vuelta a la adolescente que estudiaba en el preuniversitario Manolito Aguiar, de Marianao, y soñaba con ser médico.

Cuenta que, aunque se graduó de bachiller en Letras, para obtener igual título en Ciencias y poder cursar la carrera de Medicina le faltaba aprobar una asignatura. Pero los exiguos recursos de la familia no le permitían comprar los libros para cumplir ese propósito, y decidió ingresar en la escuela de comadronas. “Allí estuve dos cursos, pues el

centro cerró sus puertas tras la clausura de la Universidad de La Habana a finales de los años 50. Luego del triunfo de la Revolución, en 1960 una compañera me sugiere matricular en la escuela de enfermería Pelegrina Sardá, del Hospital General Calixto García. Hice el examen y lo aprobé. De 500 aspirantes, ingresamos 70″.

A punto de concluir el año 1962, Sara recibe su diploma de técnica en Enfermería. “Nos graduamos seis meses antes porque muchas enfermeras empezaban a irse del país. Me ubicaron en la sala Yarini, del Calixto García, donde teníamos muchos pacientes y pocos trabajadores. A todos los estudiantes de Medicina que recibíamos los enseñaba a inyectar, a pasar una sonda, entre otros procederes, para que luego nos ayudaran”.

Mientras cumplía esas labores -y a pocos días del primer cumpleaños de su hijo Osvaldo- Sara fue seleccionada por la dirección del Ministerio de Salud Pública para integrar el grupo de profesionales que brindaría sus servicios al pueblo de Argelia. “Éramos más de 20 entre médicos y enfermeras, quienes permanecimos en ese país 18 meses.

“Laboré en la sala de ginecobstetricia de un hospital de Relizane, en la provincia de Relizan. Adiestré a una auxiliar de enfermería argelina y realicé muchos partos gracias a la preparación que recibí en las escuelas de comadronas y de enfermería. Casi nunca llamaba a los médicos, solo si la situación lo exigía”, dice Sara, y agrega sonriendo: “Todos querían que yo hiciera la guardia con ellos porque les aliviaba la carga de trabajo”.

Tras su regreso a Cuba, vuelve a su puesto en el Calixto García y comienza a ejercer como auxiliar docente en la mencionada escuela de Enfermería. Pero otra misión, que luego recordaría como un acontecimiento especial en su vida, la aguardaba. Era mayo de 1972. Un grupo de cirujanos, anestesistas y enfermeras se alistaba para brindar asistencia médica al pueblo vietnamita. Sara estaba entre ellos.

“‘Mima, me voy para la guerra’, le dije a mi madre, y ella no solo apoyó mi decisión, sino que cuidó de mis dos hijos pequeños, pues Beatriz, la menor, recién había cumplido 13 meses. A mi padre no le dije nada porque había sufrido dos infartos, más sé que también hubiera estado de acuerdo”.

Combate bajo las bombas

Mientras nos muestra fotografías y periódicos que revelan el quehacer de la brigada médica en Vietnam durante aquellos días, Sara evoca con envidiable memoria esas vivencias. “Salimos para aquel país el tres de mayo y llegamos a Hanoi el seis. Nos recibió Pham Van Dong, primer ministro vietnamita, y cuando estaban haciendo las presentaciones sentimos las sirenas y al poco rato los aviones estadounidenses bombardeando.

“Rápidamente nos llevaron a un refugio muy pequeño. Estábamos asustados, pero el llanto de los niños nos hacía soportar cualquier cosa. Luego nos instalaron en un hotel y trabajamos durante dos meses en el hospital civil Saint Paul, donde atendíamos a todos los pacientes que llegaban en condiciones precarias, ya fueran heridos o traumatizados”, relata.

El resto de la brigada laboraba en hospitales de Nam Dinh y Hai Phong, y cada cierto tiempo rotaban. Cuenta Sara que el 13 de julio, los cubanos que radicaban en Hanoi fueron reubicados en Thanh Hoa, provincia de la cuarta interzona militar, región estratégica cruelmente hostigada por la aviación yanqui.

“El traslado fue en una patana y no podíamos encender ni un fósforo porque los aviones enemigos se mantenían dando vueltas. Cuando llegamos vimos la aldea devastada. El ortopédico, el neurocirujano, el anestesista, y las dos enfermeras del grupo nos acomodamos en un cuartico, divididos por una pared, donde estaban unas camitas, y el ataúd que la dueña del local conservaba para el día que muriera.

“Era un hospitalito de campaña. Las bombas caían a toda hora. Así trabajamos los cuatro meses que permanecimos en Thanh Hoa. Cuando había gran número de heridos, los médicos cubanos apoyaban a los colegas vietnamitas en el salón de operaciones que estos tenían en un convento”.

Hai Phong fue el siguiente y último destino de Sara en aquel país. Refiere que trabajó dos meses en la sala de quemados de un pequeño hospital, la cual fue derrumbada por los aviones estadounidenses. “Bombardearon del 17 al 31 de diciembre de forma sostenida. Durante ese tiempo atendimos a decenas de personas heridas o con quemaduras graves. Hubo muchos fallecidos debido a las bombas antitanques, entre ellos gran cantidad de niños. Era un panorama horrible”.

En esos días, rememora, los barcos cubanos Imías y Jigüe, que habían llevado mercancías a la hermana nación, permanecían en el puerto de Hai Phong, minado por las tropas norteamericanas. “En ocasiones, los miembros de la brigada médica visitábamos a las tripulaciones para animarlas. El 31 de diciembre, Raúl Valdés Vivo, entonces embajador cubano en Vietnam, nos dijo: ‘vamos para el barco a ver a los muchachos’, y de inmediato los médicos y las enfermeras nos fuimos con él para esperar el año nuevo con los marineros del Jigüe.

“Recuerdo que el capitán de la embarcación me decía: ‘Sara, vamos a cantar.’, y yo empezaba a tararear enseguida, con la intención de aliviar las tensiones”.

En febrero de 1973 la brigada médica regresa a Cuba, tras la firma de los acuerdos de París del 27 de enero de 1973 para restablecer la paz en el norte de Vietnam.

Una vez en casa, Sara continúa desandando los pasillos del hospital Calixto García, ahora como profesora de la escuela de Enfermería. Dos años después forma parte del primer grupo de profesionales cubanos de la salud que viaja a Tanzania. “Fui como docente e impartí clases en un hospital de la provincia de Arusha, donde permanecí los 13 meses de la misión”.

Poco después, con 46 años, inicia los estudios de Licenciatura en Enfermería en el Instituto de Ciencias Básicas y Preclínicas Victoria de Girón. Fueron nueve mujeres y un hombre los primeros licenciados de esa disciplina en el país, en 1980.

Con más herramientas para su labor como profesora, Sara integra el claustro de la Facultad de Medicina del Hospital Miguel Enríquez, donde participa en la formación de generaciones de médicos. En esa década de los años 80 también imparte clases a los futuros licenciados en Enfermería en el mencionado instituto Victoria de Girón.

Uno de sus alumnos, el doctor Fernando Crespo Domínguez, graduado en 1988 y especialista de segundo grado en Medicina Interna, expresó en un homenaje realizado a Sara Rodríguez por la obra de toda la vida: “Tengo muy buenos recuerdos de ella, sus clases llegaban a los alumnos, nos llevaba para el cuerpo de guardia y de allí no se iba hasta que todos fuéramos capaces de superar nuestros miedos. Su amabilidad sobresalía por encima de todo”.

Como él, otros profesionales atesoran gratos recuerdos de la profe Sara. “Algunos me dicen que era muy exigente con ellos, pero reconocen que hoy me lo agradecen”.

Cuota extra de aptitud

Con su actuación y enseñanzas Sara demuestra la ética que debe distinguir al personal de Enfermería y que considera imprescindible preservar. “Por algunos que la violan no se puede culpar a todos, pero sí hay quienes, por ejemplo, maltratan al paciente. A veces lo tutean o, si está ingresado, lo llaman por el número de la cama, cuando lo correcto es decir su nombre y apellidos, pues esto ofrece también la seguridad de que se está aplicando el tratamiento a la persona indicada.

“En ocasiones se incumple la norma de preparar los medicamentos frente al paciente e informarle a él (o al acompañante) el procedimiento que se le va a hacer. Suele ocurrir que la persona ingresada esté, digamos, en el baño, y le dejen las pastillas en el vasito. Eso es incorrecto. Hay que cerciorarse de que el enfermo tomó su medicamento. Tampoco se le debe entregar a la vez las tabletas que consumirá en el desayuno, el almuerzo y la comida, sino dárselas en cada momento del día, pues el personal de enfermería está obligado a ver al paciente las veces que sean necesarias.

“Algunas de esas reglas básicas se han perdido por la falta de exigencia y control de quienes tienen la responsabilidad de hacerlo”, opina la profesora.

Para esta mujer que prestigia una profesión tan noble, cualquier momento es válido para enseñar y atajar prácticas inadecuadas. “Cuando llego a un hospital y veo las cosas mal hechas, enseguida llamo la atención, sin importarme de quién se trate”, dice rotunda, y añade que el trabajador del área de Enfermería tiene que ser muy disciplinado y honesto.

Aunque admite que la vocación se puede moldear por el camino, considera que para dedicarse a la Enfermería es preciso tener una cuota extra de aptitud. “Es una labor que exige mucha entrega. Somos quienes permanecemos las 24 horas al lado del paciente, y para eso hay que sentir esta profesión, o lo que es lo mismo: respetarla y amarla”.

Por MARIETA CABRERA

Tomado de: Revista BOHEMIA

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