La niña de Thi Xá

La niña de Thi XáLa niña de Thi Xá (pueblo de la provincia de Thanh Hóa, a unos 200 km al sur de Hanoi), se llamaba Nhuan y tenía 6 años. La trajeron junto con su madre y otros 6 ó 7 heridos, un par de horas después de que su poblado (que quedaba a unos 5 km de la aldea Dong Hóa, donde nosotros estábamos), fuera bombardeado por una docena de cazas Phantoms. Aquel pueblo estaba arrasado en casi el 90% de sus casas y la mayoría de los civiles había sido evacuada después de varios ataques previos de la aviación y de los barcos de guerra desde el Golfo de Tonkin, que nos quedaba cerca; por esa razón hubo menos bajas.

La madre de Nhuan estaba callada, por lo que al detectar que su abdomen, cubierto por una manta, estaba abierto y de su interior salían los intestinos, la enfermera preguntó por qué no se quejaba. Ella, con una voz apagada por el sufrimiento, respondió que para qué gritar, si eso no le quitaría el dolor ni alejaría la muerte ya cercana. Ese día habían muerto su esposo y sus dos pequeños hijos varones. Dijo, además, que la muerte sería bienvenida para ella como una solución, si no temiera por el destino de Nhuan. La enfermera prometió que desde ese día, ella y las otras mujeres del campamento cuidarían a la niña. Murió unos minutos después; ojalá que más tranquila.

Nhuan tenía un vendaje (un trapo ensangrentado y bastante enfangado) que malamente envolvía su cabecita, y que no ocultaba un par de bellos ojos negros, llenos de lágrimas y legañas. Entonces me dijeron que la atendiera cuando terminase de operar a otro herido. Nosotros formábamos un equipo quirúrgico móvil, compuesto por dos cirujanos generales: Octavio del Sol y Maninidra Rodríguez; un ortopédico: Aurelio Álvarez; un anestesiólogo: Roberto Ureta; dos enfermeras: Sara Rodríguez y Concepción Alonso, y yo como neurocirujano. Integrábamos parte de una brigada de 22 cubanos, distribuidos en tres regiones de Vietnam, durante 1972-1973. Cubríamos «La Ruta Ho Chi Minh» cerca del puente «Ham Rong» (Las Barbas del Dragón).

A Nhuan, un fragmento metálico le perforó el cráneo en la región frontoparietal y quedó incrustado a 2 cm de profundidad en el cerebro. La intervine en el «salón de operaciones», eufemismo para nombrar una especie de bohío de 3 x 3 m, con piso de tierra y un marco sin puerta, que de noche cubríamos con tela negra para que no saliera la luz de la lámpara quirúrgica (un farol del tipo que usaron los alfabetizadores cubanos), lo que atraía sobremanera los cohetazos y cañonazos de ya saben quiénes, pues ellos le tiraban a cualquier luz, incluidas las concentraciones de cocuyos.

En una cazuela mediana de hierro hervían agua con la llama de un reverbero de alcohol y allí esterilizaban el instrumental quirúrgico. También allí mezclaban agua con sal para hacer solución salina fisiológica; pero los pacientes no parecían hacer complicaciones, posiblemente porque como decía mi abuela: «Dios protege a los inocentes». A la hora de almuerzo, previo lavado de la misma cazuela con arena y agua de dudosa potabilidad, hacían el arroz, prácticamente sin grasa y sin sal; no por cuestiones dietéticas, sino porque simplemente no tenían. Por cierto, debían comerse todos los (pocos) granos servidos, porque Ho Chi Minh había calculado que cada grano de arroz costaba 7 gotas de sudor de un campesino; además, porque generalmente ese era todo el menú. Después de operada, acostamos a la niña en una de las literas dobles que habían sido armadas con troncos de bambú amarrados con ariques, sobre un colchón de yarey trenzado, en la «sala del hospital», otro eufemismo para dos bohíos de 5 x 5 m, con piso de tierra, mejor digo de fango, porque con frecuencia estaban inundados de agua. Nos encontrábamos en medio de pantanos interminables, con lluviosos monzones.

La niña quedó con una hemiparesia. Nos desgarraba verla caminar arrastrando su piernita detrás de todo el mundo en el campamento, como esos perritos callejeros sin dueño que le menean el rabo a cualquiera que tenga la bondad de mirarlos. En aquel lugar había heridas de la carne y del alma; no estábamos seguros de cuáles eran las más dolorosas para Nhuan. Nadie entendía por qué aquellos niños nacían con tan mala suerte.

Pero evidentemente, Nhuan no pensaba como su madre sobre la muerte. A pesar de haber perdido a toda su familia y su casa y haber quedado medio paralítica en un par de fatídicas horas, luchaba por la vida como sólo los niños saben hacer. Comía todo lo que le tocaba (raciones cuidadosamente pesadas por los de la cocina, para que el arroz alcanzara). Con la avidez que emana del hambre vieja, devoraba también cualquier cosilla extra que la gente del campamento le ofrecía: un pedacito de pan, un trocito de pescado hervido, restos de retoños de bambú (plato exquisito, aclaro… para ellos). Era la mascota amada por todos. Siempre acurrucaba su muñeca, entiéndase: humanoide hecho con un pedazo de bambú y una cara que yo le pinté, parecida a una Barbie.

Nhuan se quedó como residente permanente del campamento, ¿para dónde iba a ir que fuera más querida? Se acostumbró a ver heridos y sangre (a que le cayeran bombas cerca, ya se había acostumbrado hacía algún tiempo). Insistía en ayudar y la dejaban barrer el piso, con una escoba mucho más grande que ella. ¿Habrá estudiado medicina después? Nosotros la vimos salir de la desesperanza. Desapareció progresivamente su hemiplejia. Hasta dejó de ser aquel guiñapo flaquito y herido y se convirtió en una bella y amistosa niña.

A veces se quedaba absorta, sentada solita y apartada, mirando una flor silvestre. Todos sabíamos en quién estaba pensando. Pero también sabíamos que las puertas de su destino serían mucho más anchas y altas que las que le habían tocado a su pobre y desdichada madre.

Fragmento del libro “Médicos Cubanos: Memorias”

* El autor del texto es doctor en Ciencias Médicas; Profesor Titular y Consultante; Especialista en Neurocirugía, Hospital Universitario «Gral. Calixto García», La Habana. (este texto ha sido enviado por su autor a La Calle del Medio, donde aparecerá en el número 26, correspondiente a junio; es un fragmento de un artículo publicado por el autor en el libro: Médicos Cubanos: Memorias, del Prof. Franco Salazar G., Editorial Espuela de Plata, Sevilla, España, 2008.)

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